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sábado, 26 de noviembre de 2022

SENTIR EL FRÍO








Queridos:

Desde mi nuevo hogar rural y con mi recién estrenado ordenador portátil, quiero compartir con vosotros una reflexión sobre el frío. Algunos ya sabéis que me he mudado a la casa de mis abuelos, en un pueblo cerca de Calatayud, que apenas llega a doscientos habitantes y a una treintena de gatos (por cierto, dos de ellos me han adoptado y aparecen, asiduamente, en el alféizar de mi ventana para que les alimente. Ahora, cuando voy al supermercado paso más tiempo eligiendo productos en el pasillo de comida para mascotas que en el de vinos, ¡qué cosas...!).

En estos días otoñales, encajo las ausencias recientes de mi vida y acojo las nuevas presencias gatunas y humanas mientras barro las hojas otoñales y veo mudar de color a las parras. Es bonito vivir inserta en un paisaje cambiante, así como retomar amistades de la infancia y darse cuenta de que la conexión continúa intacta, pese al paso del tiempo.



                      

               Foto de Domie Sharpin en Unsplash.


Llevo un mes viviendo al estilo Robinson Crusoe, partiendo leña, encendiendo el fuego al atardecer, poniendo burlete en los marcos de las puertas..., en una lucha cotidiana, a pulso, contra el frío; de momento vamos uno a uno; la semana pasada estuve a punto de tirar la toalla y emigrar en busca de un alojamiento más cálido, pero, hace un par de días, hice un hallazgo portentoso y rescaté la vieja mesa camilla con faldas y brasero eléctrico desde donde os escribo, placenteramente, con los pies rustidos y los muslos cálidos. La temperatura de la habitación señala trece grados centígrados pero yo enciendo el brasero, me arropo con las faldas y en pocos minutos mis pies y mis órganos internos están rusientes. Nunca pensé que pudiera estar cómodamente a tan pocos grados ambientales: he de admitir que no tengo frío aunque sí lo siento, ¿será que me he acostumbrado paulatinamente al fresco de la casa?, ¿o que cuando uno tiene los pies calientes, el calor se propaga por todo el organismo? Una amiga me comentó hace poco que los orientales, en invierno, no se esfuerzan en calentar el aire que les envuelve sino en calentarse ellos mismos por dentro, por eso toman té y bebidas calientes todo el tiempo: un cambio de perspectiva, desde luego. Ellos sienten el frío. 

En este mes de noviembre, me pongo en el lugar de mis abuelos que vivieron aquí en la década de los años cincuenta, donde no había calefacción sino estufas de leña, cocina económica y braseros, y empatizo con ellos, admirada. Eran personas fuertes, resistentes; el frío ejercita nuestra resistencia, nos enrecia y vigoriza.




Por el momento, este otoño está siendo benigno y, aunque esta noche haya tenido lugar la primera helada significativa (dejando mi cuarto de baño a diez grados), hoy luce un sol espléndido que aumentará la temperatura de la casa. 

Me llama la atención la dinámica que uno sigue en estas viviendas grandes de pueblo, orientadas para aprovechar la luz y el calor: si uno abre las ventanas cuando hace sol, la temperatura se eleva en cuestión de una hora; igualmente, en verano, hay que bajar persianas y cerrar a cal y canto todo hasta el atardecer, abriendo después por la noche para que entre la fresca y se enfríe la casa. Antes la gente vivía muy pendiente del tiempo, por eso creo que era y sigue siendo un tema tan recurrente en las conversaciones. Cuando uno vive en un piso con calefacción que se acciona moviendo una ruleta, no es consciente de todos estos procesos. Así pues, aquí me hallo abriendo y cerrando puertas, subiendo y bajando persianas, así como sacando macetas al exterior para que tomen el sol y, luego, entrándolas a casa para duerman dentro sin riesgo a helarse. De hecho, esta mañana he descubierto que la trasdencantia violácea está floreciendo a finales de noviembre: todo un regalo para la vista, debe de sentirse a muy gusto en esta casa soleada retro-vintage, casi tan a gusto como yo.

Por último, os lanzo una pequeña reflexión sobre los espacios: ¿en qué momento hemos pasado de vivir en casas con dos plantas y granero a meternos en pisos de cincuenta metros cuadrados? El lujo es el terreno, el espacio; lo comprendo, especialmente en las ciudades donde el metro cuadrado está por las nubes (recuerdo que cuando viví en París, tomaba café en los diminutos veladores poniendo mucho cuidado en no darle un codazo al de al lado y derramarle el suyo por encima), sin embargo, ¿hasta que punto es sano vivir encajonados en latas de cerillas?, ¿oyendo los ronquidos del vecino a través del tabique?


       Foto de Diogo Fagundes en Unsplash


Creo que hemos perdido calidad de vida en varios aspectos, especialmente, en lo concerniente a las viviendas: las casas de antes eran autosuficientes, estaban pensadas para tener un huerto al que ir a arrancar las verduras y meterlas en la olla, al que salir a tomar el sol y el fresco sin necesidad de arreglarse o de recorrer largas distancias, un terreno en el que poder respirar el aire sano del campo y meditar. Aquí, en el pueblo, se siente el paso de cada segundo y eso, inevitablemente, le lleva a uno a reflexionar. En nuestras vidas actuales citadinas, me temo que se han constreñido tanto el espacio como el tiempo de reflexión, y eso conlleva una pérdida sustancial de calidad de vida.



Al atardecer, cuando enciendo el fuego en la chimenea, pienso en el poder calorífico de la leña (que es instantáneo y exigente), sintiéndome  conectada con todas las generaciones de humanos que han buscado refugio y se han calentado haciendo fuego. Existe algo mágico al oír crepitar la leña en el hogar y observar el baile azulado de las llamas (no tiene nada que ver con hacer girar la ruleta del termostato de la calefacción).

Quizá las nuevas circunstancias actuales de crisis energética nos lleven a valorar la vuelta a las casas de los pueblos, a los huertos y a la leña; a encender el fuego por las noches, a habitar los terrenos olvidados y a batirnos en duelo con el frío. 

En mi caso, espero ganarle la batalla este año. Os mantendré informados. Entretanto, sed buenos, felices y, ante todo, mantened vuestros órganos vitales calientes (como sabios orientales).


Leer más: Carreteras olvidadas, "slow roads"Aínsa decorado medieval.

Eva Zalagarda




miércoles, 30 de abril de 2014

AÍNSA: UN DECORADO MEDIEVAL


                                                                                                                           
¿Coches no? ¡Mesas, menos!

Algunos vecinos del casco histórico de Aínsa estamos preocupados ante la proliferación de una nueva plaga invasiva: las terrazas de los bares y restaurantes que se están extendiendo poco a poco por la plaza de esta población.

Aparte de este fenómeno, la que suscribe este artículo está indignada (y ya siento mi tono tan poco "slow") debido a la política de aparcamiento tan aleatoria que existe en la plaza de esta villa. La causa de mi indignación proviene de la multa que he recibido, de doscientos euros, por estacionamiento en horario indebido (y digo horario y no lugar indebido, ya que en la plaza de Aínsa aparca todo el mundo, a diferentes horas, durante casi todo el año, pero yo he tenido la mala suerte de estacionar en un horario inadecuado y, por ello, me han impuesto una sanción, a mi parecer, desorbitada). 

Y es que vivir en el casco histórico de Aínsa se paga, es muy bonito, claro, pero muy estresante, porque uno tiene que estar pendiente del día y la hora en que vive para no llevarse un susto como el que he sufrido yo.
La verdad, yo vivo en un pueblo para estar tranquila y no tener que estar pensando cuándo puedo o no aparcar cerca de mi casa.
Yo resido aquí, pago un alquiler, contribuyo a que Aínsa no sea un decorado para turistas (que es en lo que se está convirtiendo) y necesito un poco de tranquilidad, algo imposible de conseguir con la política de aparcamiento actual.






Entiendo que lo que se busca es que nadie aparque en la plaza. Me parece bien, pero entonces que dispongan la prohibición de no aparcar siempre, no cinco días sí, uno no, pivote arriba, pivote abajo..., que uno nunca sabe realmente si se puede estacionar y, al menor descuido, te plantan una multa descomunal.

¿Que se pretende conservar el patrimonio? Bien, pero conservar el patrimonio implica no solo preservar el estado físico sino también funcional: ¿qué pinta una plaza medieval vacía de coches pero atiborrada de terrazas? Las terrazas no existían en época medieval...
¿Por qué se destierra a los vehículos y se permite esta invasión? Apenas se puede pasear por los porches y para entrar en algunos portales hay que andar sorteando a turistas sentados en las mesas.

Algunos dirán que el turismo es el motor de la economía de Aínsa, estoy de acuerdo, pero el turismo es un espejismo, contribuye a la economía pero no genera vida, porque son personas que no se quedan, están de paso, vienen, duermen, comen y se van; el pueblo el lunes se queda para los lugareños, que quieren poder entrar con su tractor a la plaza, entrar la mobylette hasta su patio y dejar su coche cerca del portal de su hogar. Y esto ocurre, porque, afortunadamente, de lunes a viernes, Aínsa aún es un pueblo vivo, su autenticidad desgraciadamente se va perdiendo los fines de semana o festivos, cuando el pivote sube y la plaza se transforma en un decorado.

Os preguntaréis a qué me refiero cuando hablo de pueblo vivo, pues me refiero a una población donde vive gente todo el año, donde hay oficios y alguna tienda de primera necesidad como un ultramarinos, una carnicería, una herrería, un zapatero, una tasca,... etc; un pueblo donde el panadero entra con su furgoneta a la plaza y vende pan a los vecinos, no un lugar donde únicamente hay tiendas de regalos para turistas.

¿Cómo se consigue que un pueblo esté vivo? Atrayendo a la gente joven a que se instale en él, que continúe con los oficios de siempre o genere otros nuevos que reviertan en la economía del pueblo, y también respetando a los vecinos que viven allí, facilitándoles la vida e intentando que se queden y no se vean obligados a abandonar la población.

Lo que está ocurriendo en Aínsa es que en el casco histórico de esta villa cada vez vivimos menos personas, apenas hay apartamentos de alquiler para todo el año, tan solo se crean hoteles y casas de turismo rural estacionario y el resultado es que el pueblo se está vaciando poco a poco, y de seguir así llegará a convertirse en un pueblo fantasma, al estilo de Carcassone en Francia o Santillana del Mar en Cantabria: auténticos parques temáticos medievales, enfocados únicamente al turista, que cuando se marcha se lleva unas fotos de una plaza medieval hermosa y vacía de coches, pero a su vez, llena a rebosar de terrazas en las que uno no encuentra ni una sola cara conocida.

Desde aquí asumo con resignación mi multa de aparcamiento indebido, que conste que estoy totalmente a favor de conservar el patrimonio, ya que Aínsa es Monumento Nacional, pero pido que haya rigor y sentido común con el calendario de días permitidos y prohibidos, así como con los horarios de aparcamiento. A su vez, lanzo una misiva en favor de los pocos habitantes autóctonos y forasteros que viven todo el año en la plaza y aledaños. Que se les tenga en cuenta y que no se les dé trato de turista o terminarán marchándose: al fin y al cabo ellos consituyen la esencia de la población, son las "caras conocidas", "los puntales" y los que preservan la continuidad. 

jueves, 30 de enero de 2014

CARRETERAS OLVIDADAS: SLOW ROADS


Hace tiempo que disfruto perdiéndome por carreteras comarcales por las que apenas circula nadie y que ofrecen quietud y panorámicas extraordinarias.




Las autopistas y autovías son cómodas y rápidas pero la velocidad impide fijarse en los detalles y hay que estar siempre pendiente de la circulación y de los adelantamientos.

Como hace varios años que trabajo en pueblos, he encontrado muy placentero descubrir estas vías de comunicación olvidadas y poco frecuentadas, en las que uno se puede parar en el arcén, hacer fotos, y contemplar el paisaje con la boca abierta, sin que nadie nos pite ni nos meta prisa.

He descubierto lugares magníficos y pueblos recónditos donde la gente vive tranquila y en paz. He visto vacas en prados, pastando a metro y medio de mi coche, y he tenido que frenar para dejar paso a rebaños de ovejas, totalmente ajenos al cuentakilómetros. 
En una  ocasión, la calzada por la que conducía se vio invadida por varios caballos salvajes que galoparon a mi lado, y en otra, tuve la suerte de ver a un cervatillo que atravesó la vía en cinco saltos.

Inauguro, pues, una nueva sección dedicada a estas slow roads, llenas de curvas y de baches donde se circula en tercera y con el pie más pendiente del freno que del acelerador.

La Guarguera:

Una vez pasado el puerto de Monrepós y antes de llegar a Sabiñánigo, aparece a la derecha un cartel que indica Boltaña (por Laguarta), hay que ir despacio para no saltárselo porque no se anuncia con antelación ni hay rotonda para cogerlo.
En sentido inverso, sí hay una incorporación a la derecha para tomar el desvío.




La Guarguera, que debe su nombre al río Guarga, es una carretera salvaje, llena de sorpresas a cada curva, que va ganando altitud poco a poco hasta divisar, en un momento dado, la extraordinaria cordillera pirenaica. Hay cascadas de agua, pinos espesos y una fauna variopinta, sobre todo, en lo relativo a aves.
Si se quiere ir haciendo paradas, recomiendo visitar las tumbas antropomórficas de Gésera y el pueblo okupa de Artosilla (de acceso por pista forestal).
La vistas son más impresionantes si se conduce desde Sabiñánigo hacia Boltaña, pero si se hace en el sentido inverso y se va parando, también es estupenda.
Muchos la han transitado por error porque los GPS la señalaban como camino más corto para ir a Aínsa desde Huesca o desde más al sur. Ciertamente, en kilómetros sí lo es, pero en duración conlleva invertir casi el doble de tiempo que yendo por otras alternativas. Hay puerto de montaña y suele haber boira (niebla) en invierno.

En definitiva, toda una aventura para conductores solitarios, amantes de lo recóndito y para aquellos que no tienen prisa por llegar a su destino. ¡Que la disfrutéis!